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Crossdresser: El Lado B De Las Masculinidades

Se llaman a sí mismo crossdressers: son hombres, en su mayoría heterosexuales, que disfrutan de vestirse de mujer en la intimidad de un departamento y sólo por unas horas. Aunque algunos pocos se animan a salir vestidos así a la calle.

En una de las principales avenidas de San Telmo se esconde un refugio impensado. Cualquier hombre que entre al piso 10 de ese edificio, puede abandonar por unas horas el traje y cambiarlo por una peluca de pelo real, labial, rubor, tacos de 15 centímetros y una mini que apenas le tapa la cola.

“Crossdressing Buenos Aires” es el lugar para ser quien quieras ser. El servicio cuesta mil trescientos pesos, es individual y se realiza en la completa confidencialidad. La dueña del negocio, Claudia, abrió el lugar hace casi 20 años, en el 2001, cuando un amigo le contó que le gustaba vestirse de mujer a escondidas y que no había ningún lugar preparado para cumplir su fantasía. Con el objetivo de abandonar la relación de dependencia que la tenía como periodista en una empresa, se juntó con una socia que puso la plata y compró pelucas, zapatos con taco a partir del talle 42 y aprovechó la profesión de modista de su madre para hacer la ropa. Luego realizó un curso de maquillaje y con la ayuda de su amigo reunió a distintos hombres con la misma afición.

El descubrimiento de un nuevo mundo

Una de sus primeras clientas fue Mirna Ladyrouge, que cuando era un niño de 12 años descubrió que le gustaba maquillarse. Primero arrancó imitando a un mimo y después a Kiss. Hasta que un día se sacó el talco pero dejó la sombra celeste en sus ojos y el labial rojo en sus labios. “Me generó una situación extraña, de estar haciendo algo transgresor”, dice con la voz de su lado A (el lado de su masculinidad) mientras aclara que a pesar de buscar esa sensación siempre le gustaron las chicas. Las ganas de transformarse siguieron en la secundaria industrial, sólo de varones, cuando una profesora llevó unas botas altas tejanas. Le dieron ganas de probarlas y buscó en el armario de su mamá algo parecido. No tenía botas, pero tenía zapatos altos y además sabía por las mujeres de su familia que existían las medias de lycra. Cuando se las probó la sensación fue de “¡ops!”. “A las mujeres desde chiquitas las pintan, arreglan, les ponen medias. A los hombres no: tenemos un standard de vestimenta”.

Cuando Mirna descubrió el espacio de Claudia pudo por primera vez montarse (como se llama a las transformaciones de un hombre en una mujer o viceversa) de pies a cabeza: peluca, pinturas, pestañas, maquillaje, zapatos a su medida, medias. “Sentí que estaba cumpliendo no sé si llamarlo un sueño, pero sí que estaba haciendo algo que me gustaba. Es satisfactorio porque genera endorfinas de placer. No es una necesidad de sentirme mujer, en absoluto. Yo tengo mi vida de varón normal, pero tengo este hobby en donde me encanta recrear este personaje que ya tiene 18 años. El nombre se lo agradezco a Claudia”, cuenta Mirna. Claudia suele ser el apoyo emocional de muchos clientes, ya que suele ser la única persona que sabe de su gusto por la transformación. “La gente que viene acá busca un espacio donde se pueda expresar a través de la ropa. Y ahí entro yo buscando la mejor versión para él. Y tiene otra parte psicológica y yo pongo una línea cuando quieren contarme por qué empezaron con esto y demás porque yo realmente no puedo ayudarlos a través de eso”, dice Claudia y agrega que hubo hombres que al llegar a Crossdressing Buenos Aires tuvieron ataques de pánico e incluso una vez tuvo que llamar a la ambulancia. Ahora cuenta con una terapeuta especialista en diversidad para recomendarles a todos los clientes que atraviesan conflictos por sus gustos. Hace poco tiempo tuvo un cliente de 85 años que por primera se vestía de mujer, las dos horas que duró el servicio se la pasó bailando con una sonrisa en la cara.

¿La sociedad acepta el movimiento Crossdresser?

“Yo me acepté y me di cuenta que esto no jorobaba a nadie con terapia de por medio, mi intriga era por qué me pasaba esto, de dónde venía”, cuenta Mirna que a pesar de llevar dos décadas como crossdresser solo le contó de su lado B, como ella misma lo llama, a las dos mujeres con las que estuvo casado, a su psicólogo y a su hijo menor, porque lo descubrió como Mirna en internet. Cuando comenzó lo único que existía eran las chicas trans y travestis y él no entendía cómo podía tener ganas de vestirse de mujer sin tener ningún deseo sexual que se identifique con eso. “Yo a un hombre no lo toco ni con un palito”, dice Mirna, quien confiesa ser virgen en su lado femenino.

Mirna lleva distintos looks cada vez que se monta. Hoy usa una peluca de cabello colorado, los labios fucsias y unas pestañas muy largas. Una mini cortísima y unas sandalias que la hacen llegar a los 2 metros de altura completan el look. Pero también puede tener el pelo rubio o morocho y unas calzas con una remera. “Yo represento a la mujer que a mí como hombre me gusta. Y me encanta la mujer producida, maquillada, con tacos. Entonces recreo en mí eso”, dice Mirna que hace una década abandonó la confidencialidad del espacio de Claudia y formó junto a otras crossers “La banda de golden cross”. Un grupo que organiza reuniones y eventos y que siempre cuenta con un lugar para cambiarse: la mayoría de las chicas entra como hombre, se cambia, disfruta de sentirse mujer, luego se vuelve a cambiar y sale nuevamente como hombre.

“En mi caso no opera una esquizofrenia de decir Mirna es mi lado B y mi lado masculino es tal cosa. En realidad es la misma persona, la persona que habla detrás de las pestañas y la peluca”. El problema es que sus vivencias en el lado B no pueden compartirse con su lado A porque, según Mirna es muy difícil de explicar.

La cita finaliza cuando Claudia le avisa a Mirna que se cambie porque en un rato tiene otro cliente. Tanto para Mirna como para el hombre que vendrá es fundamental la discreción y la atención personalizada y solitaria. Diez minutos después es imposible imaginarse que detrás de ese señor de 52 años que trabaja en la industria del  petróleo, hubo una estética de mujer.

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